lunes, 4 de julio de 2005

Eres libre cuando puedes coger tu tiempo, tu vida y a ti mismo y hacer con ellos de tu capa un sayo, esas pequeñas grandes conquistas a la rutina o a lo obligatorio, esos triunfos sobre los demás y, lo más importante, sobre uno mismo, que te hacen dar gracias por estar vivo incluso mientras te pones mercromina en las heridas. Pero también lo eres, quizás aún mucho más libre, cuando puedes vomitar sobre esa libertad, y pisotearla, si te place. Cuando puedes elegir entre lo bueno y lo mejor, sí, pero también cuando tienes derecho a equivocarte y a estrellarte a conciencia. Malgastar lo que tienes, vida, libertad, dinero, lo que sea, inútilmente, con mala conciencia y remordimientos feroces, a sabiendas de que hay cosas que jamás recuperarás, pero con un íntimo, morboso y controlado descontrol de la situación. Tirarlo a la basura o dejarlo en manos de otro, pero mientras tú lo sepas, mientras seas consciente de que tu vida o tu libertad está en manos ajenas porque tú lo has querido o porque incapaz de tomar las riendas de tu vida o rebelarte, seguirás siendo paradójicamente libre, un esclavo libre pero incapaz de reaccionar y condenado a vivir bajo la bota de otro el resto de tu vida. Jodido, pero consciente de tu condición de humillado.

Lo malo es cuando crees que eres libre, cuando tu edad, tu vida y tus circunstancias te dibujan como una persona autónoma, dueña de su cuerpo y de su mente, de sus triunfos y sus fracasos, pero en realidad no lo eres. Cuando sientes el tirón de esa cuerda que creías rota, pero que de pronto, cuando ya no te acordabas de que estuvo ahí, se te enreda en los pies y te hace tropezar, y no sabes qué es más humillante, si dar un traspiés y sentir que aún estás atado, o las contorsiones que te ves obligado a dar para librarte del lazo, incapaz de coger un cuchillo y cortar de una vez la soga que, aunque larga e imperceptible la mayor parte del tiempo, sigue ahí. Cuando tienes la impresión de que, por mucho tiempo que pase, tú cambias, pero ellos jamás lo harán: hasta el fin de sus días, ellos serán lo que son, ese entorno férreo e incapaz de ver más allá de sus límites, esa familia agobiantemente protectora, esos padres asustados y temerosos de que alguien te aborde a la salida del colegio, te ofrezca un caramelo envenenado y no vuelvan a verte nunca más.

Lo peor es cuando sabes, en lo más hondo, que nunca serás capaz de romperlo del todo, porque si lo haces destrozarás el corazón de gente que te quiere, y a pesar de que no te faltan ganas y, sobre todo, motivos, no eres capaz de dar el paso y decir “Hasta aquí hemos llegado”, porque piensas más en ellos que en tus intermitentes ataques de angustia y rebelión. Y sigues permanentemente atado, trampeando, engañándote y engañándoles, con la falsa sensación de que eres libre, sólo porque teórica y objetivamente tienes todo para calificarte como tal. Y no pasa nada. Algunos se casan por la Iglesia sin quererlo, sólo para no dar un disgusto a la familia. Otros estudiarán la carrera que diga papá, desoyendo sus propios gustos, para evitar discusiones. Unos pocos jamás confesarán que esta noche salen a tomar algo con alguien que conocieron en un chat, ¿cómo convencer a una madre de que no van a ir al encuentro de un psicópata dispuesto a cualquier cosa? Pero claro que pasa: pasa el tiempo, se sale del paso, pero queda ese resquemor amargo de que los que más te quieren te están robando algo valioso, algo aún más valioso que la propia libertad: la sensación de sentirse libre, incluso aunque no lo seas tanto (¿quién lo es del todo?), ese vértigo que todo el mundo debería poder decir que ha experimentado y que sólo se intuye al saberse capaz y legitimado para ser dueño y señor de tu propia vida.

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