miércoles, 6 de julio de 2005

No recordaba que esto de la jornada intensiva fuese así. Una fantasea durante meses con la golosina de tener la tarde libre, pero cuando llega… es aún mucho mejor de lo que parecía que iba a ser. Se trabaja tan sólo una hora menos que el resto del tiempo, pero la impresión de mayor relax se palpa en el ambiente. Para empezar, la gente llega tarde, y se pone a trabajar después de preparase el cafetito y charlotear un poco, con lo que realmente se arranca una hora más tarde, o sea, media hora más tarde de lo habitual. La mañana tiene otro aire, una atmósfera más amable, más relajada, un no sé qué desdramatizador de lo que en otras ocasiones crispa y altera, como si ahora nada fuese tan importante (total, aquí y allá también tienen jornada, Fulanito está de vacaciones, Menganita acaba de llegar y te cuenta sus aventuras). El hambre aprieta cuando el resto del año se come a la 1 y media, así que cuando menos te lo esperas ves a la gente rechupeteando un Calippo o proponiéndote un café para engañar al hambre, y tras un par de llamadas de teléfono te das cuenta de que la gente ya está recogiendo, llamando a sus novios desde el fijo de la empresa sin ningún rubor y formando corrillos poniendo verde al que no está, cuando realmente falta más de media hora para salir. Los jefes salen de viaje, y las charletas sobre Letizia, los bolsos de imitación de Carolina Herrera del mercadillo de Leganés y las risotadas descontroladas son igual de molestas cuando intentas hablar por teléfono y no consigues ni oír tus propios pensamientos, menos aún la entrecortada voz de tu interlocutor llamando desde un móvil con poca cobertura. Todo es igual que siempre, realmente, pero lo distinto es que lo que en otros momentos te llega a cabrear, ahora te da un poco igual: tú sigues llegando a tu hora, con mucho más sueño, pero con los mismos montones de trabajo, suspirando porque enseguida llegan las 3 y el día se te escapa por entre los dedos, pero lo que cambia es que no te importa. La tarde está ahí, tentadora. Y, más que nunca, es tan cierto eso de que mañana será otro día. Y si no, más se perdió en Cuba, y venían cantando…

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