jueves, 14 de julio de 2005

Se dejó envolver por sus palabras, y durante un instante que le fue imposible hacer eterno, dejó de sentir esa destemplanza, esa tiritona del espíritu que a veces le asaltaba, como si los algodonosos adjetivos con los que ella le regalaba fuesen capaces de reconfortarle el alma, y al mismo tiempo el cuerpo, más y mejor que el más estrecho de los abrazos o la mejor taza de chocolate caliente. Mientras ella hablaba supo lo que se siente dejándose llevar por la palabra justa, cabalgando sin montura al galope de un sustantivo certero, meciéndose despreocupadamente entre las sílabas de una frase que te estremece, zambulléndose en los silencios sin ahogarse, aunque pierdas pie... Y mientras se hundía en su mirada sin fondo, agarrándose desesperadamente a las últimas palabras dichas por ella, descubrió admirado que, mientras la tuviese cerca, incluso el silencio podía ser elocuente.

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