sábado, 2 de julio de 2005

Si hay algo a lo que no puedo resistirme, y que hago siempre con una mezcla de bastante bienestar propio, una pizca de inofensivo gamberrismo y un buen puñado de divertida curiosidad ante la reacción del otro es pedir las cosas por favor para, a continuación, dar las gracias. Algo tan lógico (cuando pides, obligas a alguien prestarte atención, que luego te dé o no lo que solicitas, es otra historia, pero el sólo hecho de atenderte ya es un favor en sí mismo) y acorde con las mínimas normas de buena educación (¿no era de bien nacidos ser agradecidos?) suele resultar desconcertante para la mayor parte de la gente, que se queda absolutamente descolocada cuando añades a tu petición un “por favor”. Las mismas miradas huidizas y esos cambios rápidos de conversación, intentando quitar hierro al asunto, que cuando sueltas un “Gracias” acompañado de una sonrisa sentida, de esas que salen de dentro e iluminan, una sonrisa en los labios, y en los ojos que buscan la mirada del otro. Miradas agradecidas que demasiadas veces rebotan contra el muro del desconcierto del otro, y que son casi cómicas, quizás por lo milimétricamente previsibles que sus efectos llegan a ser. Pero si lo piensas también es bien triste que a alguien le resulte tan embarazoso, tan violento e incómodo que otro le transmita su agradecimiento o su consideración al pedirle algo por favor. Quizás el azoramiento del “Por favor” y de un “Gracias” demasiado entusiasta venga por la obligación implícita de tener que decir que sí de nuevo, de no poder negarse. Y el agradecido contento ¿no se convierte en un posible nuevo solicitante de ayuda?

Me encanta dar las gracias. Y pedir por favor. Pero mucho más me gusta cuando, después de darlas, siento que el otro me sostiene la mirada contento de que se las dé, y desde sus ojos sonrientes me lanza el mismo rayo, mezcla de curiosidad, satisfacción y secreto compartido.

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