martes, 12 de julio de 2005

A veces creo que mi destino está irremediablemente ligado a mi incapacidad de decir “no” sin sentirme mal. Y es que no distingo si me siento peor cuando digo “no” y veo el efecto nefasto que para mí tiene, o cuando soy débil y digo “si” cuando realmente lo que quiero decir es un “no” rotundo y cabrón, de esos que abofetean ya no tanto por lo que traen consigo sino por el factor sorpresa y el respingo que pega el que espera un “sí” que parecía inevitable. De esos que hacen que la gente, después de soltarte un “no” que te deja k.o., se vaya con una sonrisilla de gusto y autosuficiencia que yo jamás he sentido. Y que reclamo el derecho a conocer. Estoy harta de decir “si”. De ceder. De priorizar siempre a favor de los demás y dejar para el final de la lista lo mío, que siempre puede esperar. De sentirme mal. De saber que me sentiré mal y que luego me sentiré peor por saber que así sería y no haber hecho algo.

No. No ha sido un buen día. Porque me he dado cuenta, tarde una vez más, de que la caridad empieza por uno mismo. Que debo hacer mío eso de “Ande yo caliente, ríase la gente”. Que no tengo madera de mártir, o si alguna vez la tuve, los años y tantos “noes” no dichos han hecho que cada vez está más apolillada… y ya estoy harta. Que nadie tiene la culpa de esto salvo yo, ninguna de esas personas es responsable de mi pusilanimidad: ellos sí saben vivir y no se calientan la cabeza: si es que “no·”, es no. Pese a quien pese. Y punto.

Así que aviso: estoy a punto de convertirme en un bicho malo. Y no, no pienso dar marcha atrás.
NO. (*)



(*) ¡Ay, pero qué a gusto me he quedado!

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