viernes, 26 de agosto de 2005

Cuando me fui de vacaciones, M. iba a comprarse una serpiente. Una falsa pitón, creo recordar. A mi vuelta, me entero de que lo que se ha comprado es un perro. Un yorkshire. Como todo nuevo dueño perruno, ayer nos deleitó con una sesión de fotos del susodicho, “Trasto” para más señas, y arremolinó en torno a su monitor a un puñado de chicas suspirando “Qué mono… Pero que ricura… Está para comérselo… Yo quiero uno…” La verdad es que el bichejo es una monada, y hasta al más exacerbado antimascotas sentiría algún pellizco de ternura en lo más hondo de su instinto pro-animales de compañía al verle gamberrear mordiendo una zapatilla... M. nos contaba que dentro de unos meses va a buscarle una novia a Trasto y que va a dejarlos retozar a placer, y si la niña tiene perrillos, pues mira, unos euracos extra que se echará al bolsillo.

Hoy M. ha venido más silencioso que de costumbre. No se ha reído del perrazo de N., ni le ha llamado “diplodocus”, como hace siempre para cabreo de ella y risas del resto de la oficina. Tampoco ha ofrecido hacer cafés al resto cuando se ha preparado el suyo. No hemos hablado de lo que ha hecho durante toda la mañana frente al ordenador, sin casi parpadear.

Ayer su mujer pisó a Trasto. Está ingresado en una clínica veterinaria, y no dan dos duros por él. Las fotos que anteayer le hizo y que nos hicieron babear de envidia quizás sean lo único que quede del perrillo tras sólo diez días de tenerlo en casa.

La fragilidad del hielo a veces asusta tanto que dan ganas de quedarse en un rincón, y no moverse…

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