lunes, 22 de agosto de 2005

Las vacaciones, si son como deben ser, sirven, sobre todo, para salir de la noria de la rutina, distanciarte de tu vida y verla como realmente es, precisamente de la manera en que nunca podemos observarla por estar dentro. Ese salir del cuadro, recular y mirar desde lejos, viendo el bosque y no los árboles, hace que tengas una perspectiva bastante exacta de lo que es tu existencia, de lo que has venido haciendo en los últimos meses con el tiempo que te ha tocado vivir y de cómo eres realmente, y claro, una visión así puede ser algo muy bueno o algo muy, pero que muy malo, como todo. Si ese ejercicio de reflexión juega en tu contra, puedes terminar con depresión post-vacacional o rompiendo con tu pareja. Si, por el contrario, es positivo, la vuelta a la vida normal se convierte en algo estimulante, y septiembre le roba con descaro a enero el título de “mes de los buenos propósitos” para convertirse en eltiempo idóneo para los balances y las listas de “cosas por hacer”…

Yo no he podido evitar liarme a apuntar con furia y optimismo desmedido un buen puñado de cosillas que me debía a mí misma y que el farniente estival me ha hecho ver más claras y necesarias, pero me suenan tanto de otros agostos que mejor me las callo, que si no luego, cuando no las cumplo, me duele y me averguenza mucho más verlas en negro sobre blanco...

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