viernes, 16 de septiembre de 2005

Dice Malasanta que no cuento nada, y tiene razón. Mucha razón. No me había parado a pensar en ello hasta ahora (Gracias, Malasanta), pero es una realidad a la que quizás deba enfrentarme para no dejarme arrastrar a ese lugar en el que a veces me aíslo y nadie puede encontrarme (o casi nadie…, que exploradores osados los hay en todos lados). Pocos blogs habrá más vacíos de contenidos que el mío, lo cual me lleva a preguntarme por qué demonios aún así le gusta a alguien, qué hace que a pesar de todo, de ese vacío informativo, haya gente fiel que termina por volver una y otra vez. Quizás sólo sea la curiosidad, el comprobar si la próxima vez será cuando sí que contaré algo sustancioso y consistente. Y es que si me pongo en los ojos de un extraño que se zambullese en mis archivos, reconozco que sacaría poco en claro de quién es esta tipa de la ventana que no cuenta nada y divaga sobre todo. Apenas hay datos objetivos, ni lugares reconocibles, ni retratos de gente divertida o rara, ni anécdotas desternillantes, ni confesiones sobrecogedoras, ni lamentos depresivos, ni siquiera frikadas tecnológicas curiosas que hagan que, después de leer un post, salgas un poco más listo que cuando lo empezaste. Nada de nada. Creo que esa forma de escribir sin contar realmente nada es un reflejo de mi manera de afrontar muchas veces las relaciones con los demás: deseando desesperadamente el contacto, pero muerta de miedo por lo que ese abrirse puede suponer. Soy hermética, lo reconozco, puedo serlo hasta límites impenetrables y desesperantes, sobre todo para mí, porque no quiero tener que ser así, pero no puedo evitarlo. No puedo vencer esa tendencia, quizás porque sé muy bien hasta qué punto soy capaz de lanzarme por la vida a tumba abierta, dejándome arrastrar sin pensar en las consecuencias, pecando de una generosidad suicida e inconsciente, y haciéndome (y haciendo también, que de todo hay…) mucho daño. Sé de sobra hasta qué punto puedo ser vulnerable y frágil, porque he sufrido muchas veces las consecuencias de ello, y no me gusta andar con cardenales ni teniendo que echar mano del agua oxigenada y la mercromina cada dos por tres.
Quizás por eso me pongo la tirita antes de hacerme la herida.

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