lunes, 19 de septiembre de 2005

La primera vez que me di cuenta de que no veía bien fue en misa. Recuerdo que fue poco tiempo después de hacer la comunión, cuando aún tenía fresco todo el ímpetu de cristiana con recién estrenado derecho a comulgar, y todavía asistía a la iglesia cada domingo como si fuese un privilegio y una prueba de adultez. Aún así, y a pesar de lo moderno y ameno que era nuestro cura, la eucaristía siempre se alargaba en exceso cuando lo que estabas deseando era ir a la tienda de Epi, el de las quinielas, a fundir la paga del domingo en chucherías. Ese día estaba especialmente harta y tan deseosa de escuchar eso de “Podéis ir en paz”, seguido del sincerísimo “Demos gracias a Dios” que mis ojos se volvían constantemente hacia el reloj colgado en la pared, junto a una imagen de San Antonio, el patrón de los enamorados. Me había sentado bastante lejos del reloj, por lo que no le di mucha importancia al hecho de no verlo con claridad, sino difuminado, aunque si guiñaba los ojos la cosa se ponía casi nítida. Sin embargo, a partir de ese día empecé a observarme como nunca antes lo había hecho: mirando las placas de los nombres de las calles y las matrículas de los coches desde el autocar del colegio; en la tele, cuando pasaban los nombres de los actores al final de las películas; en misa, sentándome cada domingo en un punto diferente de la iglesia. Conclusión: no veía bien o el mundo de repente se había vuelto borroso. Aunque me resistiese a reconocerlo, era un hecho que me iba a convertir en una paria: en cuanto le dijese a mi madre que no veía, me llevase al oculista y me recetaran unas gafas. Tardé una buena temporada en contárselo a mi madre, pero al final lo hice y, en efecto, me convertí en una "Cuatro Ojos".

Y el día en que salí de la óptica con las gafas puestas, viendo el mundo con un brillo y una transparencia desconocidos, también supe que, aunque me insultaran, aunque no me dejaran jugar porque tenía gafas y aunque de repente me encontrara con que tenía menos amigas de las que tenía antes, yo no haría como algunas niñas de mi clase, que se negaban a ponerse las gafas aunque no viesen la pizarra. Ahora sabía lo que era ver bien, y quería ver siempre así, a pesar de que el precio que me tocaría pagar fuese a ser tan alto: el de convertir el resto del tiempo que pasé en el colegio en un infierno.

Jamás me quité las gafas, aunque se riesen de mí, aunque me llamasen “Cuatro Ojos” o “Magoo”, aunque no me dejasen nunca más jugar al balón prisionero, aunque cruelmente me dejasen jugar de vez en cuando sólo para pegarme un balonazo directo a las gafas y decirme “¿Ves como no puedes jugar?” Jamás se lo dije a mi madre, aunque me preguntase por qué estaba triste o por qué suspiraba los domingos por la tarde cuando empezaba a preparar la cartera para el lunes. Jamás se lo dije a ninguna de mis profesoras, porque sabía que el remedio hubiese sido mucho peor que la enfermedad, y sabía que no podría soportar pasarlo aún peor. Aguante, más bien esperé, en una cuenta atrás digna de un preso que resta días de condena, a que el colegio terminase. Y terminó.

Aunque no seré yo quien diga que salí indemne de todo aquello…

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