martes, 27 de septiembre de 2005

Me gusta releer, siempre me gustó, desde aquellas tardes de verano en las que, mientras en mi casa se dormía la siesta, yo leía y releía tebeos y libros de los Cinco, hasta casi aprenderme de memoria cada viñeta y cada bocadillo de cada picnic en la playa, más que nada porque no podía comprarme otros nuevos. Pero igual que ahora que puedo comprarme kilos de ositos de gominola o nubes no me las compro, cada vez llegan hasta mí menos libros nuevos, ni comprados ni de biblioteca. Sigo encontrando un gusto desmesurado por volver a lo ya conocido y disfrutado. Aún me gusta descubrir, por supuesto, pero ya no doy oportunidades a los libros que no me atrapan desde el primer instante: vuelven a la biblioteca o vuelan libres. Ya no tengo paciencia para buscar esa chispa que todo libro tiene, por el simple hecho de que haya salido del magín de alguien. Me he vuelto impaciente, también implacable y seguramente injusta, y estoy convencida de que me estoy perdiendo muchas cosas buenas por no querer seguir adelante y terminar dándoles un poco de cuartelillo a muchos libros. Sin embargo, no sé por qué, ahora necesito poder volver a casa, a lugares conocidos y disfrutados en otros momentos, aunque los momentos fuesen malos, quizás porque entonces fueron momentos malos... Me hace falta sentir esa extraña familiaridad con personajes que ya forman parte de mí, asombrarme ante la paradójica autenticidad de sentimientos descubiertos antes en unas páginas impresas que en la vida misma, abrigarme en la calidez de paisajes y lugares en los que, de alguna manera, habité y sigo habitando…

Será el otoño…

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