sábado, 24 de septiembre de 2005

Me gustaría contarte un secreto que te mantuviera ligado a mí de por vida, algo cuyo conocimiento te hiciera sentir único, especial, el depositario de una llave que abre la puerta de un camino que desemboca en una incógnita. Pero para ello, deberías querer recorrer un sendero estrecho, por el que sólo cabe uno, rodeado de un vacío de vértigo en el que resuenan tus pasos y se hiela tu respiración. Porque esa vía recorre lo mejor y lo peor de los dos, y quizás cuando ya fuese difícil volver no querrás seguir adelante, y ya no tendrá remedio, porque incluso regresando al punto de partida ya no serías el mismo que empezó a andar. Ni tampoco yo sería la misma ante tus ojos. Y sí, seguramente sería el fin.

Me gustaría contarte ese secreto. Y he estado a punto de hacerlo más de una vez, pero no he sido capaz. Porque sé que es un saber como esas plantas que, según la dosis cura o mata, un saber envenenado, y quizás ese secreto te quemaría y terminarías soltándolo mientras te soplas los dedos abrasados. Y sería otro quien lo encontraría pisoteado en el suelo, y no se daría cuenta de que era un secreto, y quizás lo recogiese o quizás no, y mi secreto, ese que elegí expresamente para ti, porque pensaba que lo merecías, porque creía que sería el nudo que evitaría que nunca nos separásemos, ese secreto terminaría en manos de cualquiera.
Así que prefiero seguir guardando ese secreto que me acompaña desde siempre, pidiendo a gritos un poco de luz, pero que morirá conmigo, porque hay secretos que, si los cuentas a quien no debes, además de dejar de ser secretos, languidecen, se marchitan. Y lo peor es que en su final se llevan consigo una parte de ti. Trozos de uno mismo que no se recuperan jamás.

Y yo no quiero terminar quedándome en nada...

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