viernes, 30 de septiembre de 2005

Son las 11 y 15 minutos. La mañana está siendo tranquila. ¿O tal vez la que está tranquila, por una vez, soy yo, y la mañana sigue su curso, tan endiabladamente como siempre, pero me resbala? Cojo mi taza del Donald enfadado que me trajeron los Reyes Magos en la zapatilla de mi hermano. Me levanto, renqueando, no sé qué demonios me pasa en la pierna izquierda desde ayer, pero me duele horrores, y me dirijo a la cocina. La máquina de café echa un agua hirviente que levanta ampollas si te salpica la mano, pero es así como a mí me gusta. Tengo una lata llena de distintos tipos de té sobre mi ordenador, junto con mi otro Beetle rojo, en miniatura, el Beetle Coupé color crema, aún más chiquitín, mi bambú y el tiesto del que será mi jacinto blanco dentro de tres meses. Es una lata pequeña, con dibujos de una publicidad de "Wright's Puff Cracknells", algunas galletas de aperitivo del siglo XIX. Allí guardo té verde de jazmín, al limón, a la manzana verde, hierbaluisa, hierbabuena, té a los cítricos, OrangeJaypur y Rusian Earl Grey. Hoy elijo uno de jazmín. Son mis preferidos, y justamente por eso no quiero abusar, así que los espacio lo más posible, para que el día que toca sea verdaderamente especial. Vuelvo a mi sitio. Una nube de aroma de jazmín rodea mi mesa, y me aísla del resto. Las voces de mis compañeros llegan hasta mí extrañamente atenuadas. Hasta el teléfono parece haberse tomado una pausa. Se lo agradezco.

Cuando vuelvo a levantarme cojeando, esta vez para lavar la taza, los teléfonos vuelven a sonar. Los sonidos de la oficina vuelven a mostrarse en toda su estridencia. Me esperan dos correos en mi buzón, y los papeles parecen haber parido durante el rato en que no les he hecho caso. Afronto lo que queda de mañana con el cuerpo reconfortado y el espíritu aún más sereno.
Salgo del oasis para volver a la realidad, aunque tengo la llave para volver dentro de una lata llena de bolsitas de té...

 

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