martes, 4 de octubre de 2005

Cuando eres una simple chupatintas de oficina (más bien golpeateclas y arrastrarratones…), y tu hábitat natural son los papeles (que, por cierto, me dan alergia… alergia a las hojas A4… ya me vale…), los archivadores AZ, las fundas multitaladro, los clips mariposa o el Tippex de tira, las emociones fuertes y los peligros laborales brillan por su ausencia. O casi. Es poco probable que te saltes un ojo, ni que te caigas por el hueco del ascensor, ni que te aplastes la mano con una máquina. Como mucho te cortarás con un folio, o te rebanarás el dedo con el cutter al abrir una caja demasiado bien precintada, o quizás te estrujes las narices contra la puerta de la cocina, creyendo que estaba abierta, como casi siempre. Pero si es así, te apañarás con las tiritas del botiquín del cuarto de baño, te tomarás una tableta de Paracetamol o Aspirina Efervescente y a otra cosa. Pero, ay de ti si eres de las que no haces remilgos cuando toca ayudar al de UPS con una caja demasiado aparatosa en lugar de quedarte mirando, o, literalmente, te remangas y tú solita, sin ayuda de nadie, como una machota, quitas de en medio ese bulto que alguien dejó en la recepción y que podría quedarse ahí hasta el día del juicio sin que nadie moviese un dedo, entonces, si eres así de eficaz y de “echá p’alante” , entonces pasa lo que pasa. Porque ese paquete pesa más de 40 kilos, y tú no recuerdas ni por asomo ese curso de Prevención de Riesgos Laborales que te dieron esa tarde tediosa e interminable en la empresa de trabajo temporal hace ya casi dos años, y al que asististe con la misma nula atención que a las explicaciones de los chalecos salvavidas en los aviones, y sólo después de dejar el bulto en su sitio, acalorada y con el aliento entrecortado, te das cuenta de que lo has hecho justamente de la manera en que nunca se debe hacer…

Pues eso, que pasa lo que pasa: que te haces daño, pero no te enteras hasta dos días más tarde. Empiezas notando la pierna rara, floja, como cuando llevas demasiado tiempo de pie. Y luego empiezas a cojear, pero sólo un poco. Y más tarde sigues cojeando, mucho más, porque te duele un montón, y al final del día eres incapaz de caminar recta, y se te estropea el fin de semana en el que ibas a montar a caballo por primera vez, y te da una rabia de la leche, y lo peor de todo, cada día te sientes más como una abuelita baldada.

Así que, después de una visita a urgencias este fin de semana y a mi inútil médico de cabecera ayer (¿por qué este hombre cada vez que voy a verle tiene que pedir a su compañero de al lado que venga para le cuente a él también lo que me pasa? ¿Tan difícil es diagnosticar una gripe, o una ciática? ¿Tan inseguro se siente?), al final me han mandado a casa. De baja. Por lo menos, hasta el viernes. Pero sólo después de ir donde tenía que haber ido desde el principio: a la mutua. Porque estoy así de jodida, ya oficialmente, por accidente laboral. Y me está bien empleado: por ordenada, por tiquismiquis, por autosuficiente, y por pardilla.


En fin, que voy a tomarme uno de esos relajantes musculares que dan amnesia. Hala. A ver si se me olvida lo tonta que puedo llegar a ser a veces...

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