lunes, 31 de octubre de 2005

Cuando un hipocondríaco empieza a darle vueltas a una molestia, a ese pequeño dolor que de pronto le perturba, se desencadena una tormenta que se sabe cómo y dónde empieza, pero de la que no es posible evaluar los daños hasta que termina. Y su fin puede estar muy cerca o, por el contrario, terriblemente lejos. Porque no se sabe que es peor para un neurótico de la salud, si constatar que, en efecto, sus sospechas se confirman y está malísimo, o comprobar que, después de todo, no había por qué preocuparse. El sentimiento de haber sufrido para nada en el segundo de los casos puede ser más dañino que constatar un miedo, porque el hipocondríaco siente que ha sufrido por nada. Y el alivio de saberse sano se ve enturbiado por la sensación de haber hecho el tonto ante el médico y ante uno mismo, por haber pasado unos días angustiado sin motivo, y ni siquiera la seguridad de estar bien de salud consigue limpiar del todo el horizonte de nubes. Porque esta vez no, pero habrá más próximas veces. ¿Y quién dice que la próxima vez ese dolorcillo no será algo realmente grave?



No me gusta sentirme enferma, en eso no soy demasiado original, me temo... Pero me gusta mucho menos aún mi miedo a ponerme enferma. Porque no puedo controlarlo, es él el que puede conmigo, por más que intento ponerle freno. Porque no es tanto una auténtica hipocondría, ese miedo a ponerse malo por el miedo al dolor, a las pruebas, o al tratamiento. Es más bien un pánico nada irracional a entrar en el sistema sanitario español, a enfrentarme con el personal médico, con su desinterés, con su desidia. He comprobado demasiadas veces que la calidad de la atención que recibe un enfermo en la Seguridad Social es directamente proporcional a su gravedad. Y eso, francamente, me asusta mucho. Porque no pienso rendirme y cambiarme a la sanidad privada. Eso sería claudicar. Pero soy escéptica, a pesar de que deseo con toda mi alma llegar a conocer a un médico al que pueda ir sintiéndome segura y reconfortada, en lugar de, como ahora, tener la sensación de que le estoy incordiando y lo que más desea es que termine pronto de explicar qué leches me duele para que salga de una vez de su consulta… Alguien que, igual que tu madre cuando de pequeña te caías, supieras que está ahí siempre, dispuesto a ahuyentar tus miedos infundados y sacarte con firmeza y determinación de tus peores pesadillas… Alguien en quien confiar.

No habrá por casualidad un médico así en la sala, ¿verdad?

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