domingo, 9 de octubre de 2005

Descubrí el patchwork hace diez años, de paso por el condado de Lancaster, en Pensilvania en una ruta que cubrió buena parte de la costa este, desde NYC hasta Nueva Orleáns, y vuelta. Aparte de reconocer muchos rincones y rostros de la película “Único Testigo”, aprendí cosas muy interesantes en esos tres días en un coche alquilado, atravesando campos arados con caballos y granjas sin luz ni agua corriente. Y es que cuando vives como hace doscientos años, autoabasteciéndote hasta límites impensables para un urbanita del siglo XXI, es lógico ingeniárselas para aprovecharlo todo e ir lo menos posible a las tiendas convencionales. Por eso, era previsible que a los amish también se les ocurriera sacarles el máximo partido incluso a esos los restos de tejido que te sobran cuando coses una camisa o una falda. Recortes diversos en colores y formas que, unidos con gusto y armonía, logran crear ropa de casa útil y, desde luego, única.

Una de las cosas que más me marcaron cuando me fui adentrando el universo de eso de juntar trocitos de tela con aguja e hilo fue saber que cuando se hace una obra de patchwork, por muy bien que se sepa hacer y a pesar de poder hacerla perfecta, sin una sola puntada fuera de su sitio, siempre hay que hacer que tenga un error, una imperfección visible, aunque haya que hacerla a propósito. Sencillamente porque, según la humilde filosofía amish, nadie, salvo Dios, puede hacer una obra que pueda considerarse perfecta.

Hace más de cuatro años que empecé un edredón de patchwork. Es el segundo que hago, el primero fue inmediatamente después de volver de Estados Unidos, ansiosa por imitar lo que allí había visto. Fue una manta para una cama de 90 que en realidad uso para arroparme en el sofá, mientras leo o veo la tele en invierno. Creo que si tuviese que salir huyendo de mi casa porque se la lleva volando un huracán, ese edredón sería la primera cosa que cogería antes de salir pitando. Este segundo es mayor, para una cama de matrimonio, y aparte de que no le estoy dedicando tanto tiempo e ímpetu por la novedad como al otro, es bastante más complicado y difícil de hacer. Llevo ya con él mucho tiempo, y lo que me queda, porque yo, igual que las amish más fundamentalistas, las que ni siquiera tienen máquina de coser porque es algo demasiado moderno, lo hago a mano. Todo. Cada puntada. Y como buena seguidora de la filosofía amish, soy imperfecta, y humilde, así que ya me he equivocado unas cuantas veces, y no precisamente queriendo...

Algunas personas me preguntan que por qué no lo termino de una vez a máquina, y me lo quito ya de en medio, si incluso cosiéndolo a máquina no deja de ser un trabajo laborioso y lleno de mérito. Hasta a mí, lo confieso, me ha tentado esa idea alguna vez, desesperada viendo tanto trocito de tela suelto en el costurero, tantísimas puntadas aún por dar. Pero igual que ha venido la idea se ha ido. Como un relámpago. Me ha bastado con ver el otro edredón sobre el sofá.
Con sus imperfecciones, que las tiene, no muchas, pero las tiene, tal y como mandan los cánones, pero también sabiendo que nadie, nunca, en ninguna parte, tendrá una manta exactamente igual a la mía.

Sintiéndome un poquito diosa por un instante...

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