lunes, 10 de octubre de 2005

Le rompió el corazón como el que explota plástico de burbujas de embalar. Disfrutando de cada chasquido, primero con lentitud, intentando prolongar al máximo el placer de cada pequeño estallido. Luego con fruición nerviosa y algo frenética, cada vez más acelerado el pulso, sabiéndose ya incapaz de poder parar, es más, sin querer poder parar hasta no dejar ni una sola de esas pompitas por reventar. Disfrutando del vértigo de saberle vulnerable, gozando de un poder ilimitado para destruirle, tan grande como fue el de crearle desde la nada más absoluta en la que le encontró. Y así siguió, con él en sus manos, dueña de su final como lo fue de su principio, sabiendo que ese corazón propio latiendo en un pecho ajeno no soportaría ni una explosión más. Y sin embargo, incapaz de detenerse hasta dejarlo hecho añicos. Hasta que no hubo ni una sola pompa más que explotar, y en sus manos sólo quedó un trozo de plástico silencioso, al que sólo quedaba tirar a la basura. Al que, difícilmente, nadie más podría sacar partido.

Porque nadie necesita para nada un plástico de burbujas completamente explotado...

 

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