miércoles, 5 de octubre de 2005

Mi pierna mejora al mismo ritmo con que aumentan mis remordimientos por estar tan ricamente tumbada a la bartola mientras veo la tele, levantándome cuando me canso, poniéndome a leer hasta que me aburro, cosiendo mi patchwork un ratillo mientras oigo la radio, escribiendo unas cuantas tonterías aquí, o respondiendo a varias de las llamadas que, confieso, me han sorprendido en estos días de convalecencia. Mi conciencia es así de amiga de la patronal, no puede soportar verme escatimando mis energías a la empresa, y me picotea de vez en cuando para recordarme que sobre mi mesa se deben estar acumulando papeles, y que estoy siendo una niña mala por no haber protestado aunque sólo fuese un poquito cuando la médica de la mutua dijo que me daba la baja…

Pero no quiero quedarme lesionada para los restos, me gusta demasiado andar deprisa, subir las escaleras corriendo y, aunque no soy una deportista vigoréxica, quiero poder ir a pegarme unas carreras jugando al squash de vez en cuando o subir al Yelmo si se tercia. Vamos, que tengo a mis patichuelas en mucha estima, y ahora me he dado cuenta de la mucha falta que me hacen para seguir siendo la que soy, una no deportista nata que se obstina en encontrarle gusto a la cosa del moverse y sudar tinta. Así que tendré que pegarle codazos a mi conciencia cuando se ponga pesada y me susurre “Deberías estar currando, so vaga, que ya te vale, sentada como estás ahora podrías estar trabajando, igualito, parece mentira, tú, de baja, quien lo iba a decir… , la misma que se fue con gripe al día de estar en casa, cuando el médico le dijo que se quedara tres días de reposo, quien te ha visto y quien te ve… ni sombra de lo que eras”…

No he llamado a la oficina. Ni lo hice ayer. Ni lo haré mañana. La verdad es que no me reconozco. Y mi conciencia, tampoco.

Que le den.

A mi conciencia, digo.

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