martes, 11 de octubre de 2005

No sentirse triste cuando se supone que se debería estar tremendamente abatido, hundido, desbordado incluso por los acontecimientos o la adversidad, es una sensación rara, incómoda, y casi peor que sentir una auténtica congoja devastadora, de esas que te desbaratan por dentro. Porque la ausencia de dolor, aunque parezca una ventaja, un anestésico del alma, deja a su paso un sentimiento ambiguo y, paradójicamente, tremendamente duro para con uno mismo, una extraña mezcla de culpa e insensibilidad hiriente. Y es que a veces, cuando menos te lo esperas, aparece esa imposibilidad de que la tristeza te duela. La certeza de que deberías sufrir, pero no poder hacerlo, sentir que esa pena que debería pertenecerte te resbala, como la lluvia sobre un impermeable, sin dejar calar ni una gota. Pero por más que buscas algún resto de abatimiento ves que no hay nada, sólo la sensación clara, nítida e indiscutible de que no te sientes mal. O sí, quizás si miras bien notarás un cierto malestar, una desazón que crece cuanto más intentas analizarla, porque no estás así por las razones adecuadas, sino precisamente porque esas razones que a cualquiera lo tendrían deshecho en lágrimas, con un nudo en el alma, a ti no te sirven. Porque por más que te esfuerzas no logras sentir lo que se supone que debes sentir, y eso es mucho peor que la peor de las tristezas. 

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