sábado, 8 de octubre de 2005

Nuevo lavado de cara a la ventana. Estaba empezando a cansarme de las cortinas azules, y de la chica de Mattisse languideciendo frente a la ventana, mientras que fuera las palmeras y el sol invitaban a salir a dar una vuelta... Igual me pasó con la de Hopper, sentada en la cama mientras su mirada se atravesaba la ventana abierta, de la que nunca supe si esperaba a que viniese alguien o se había quedado ahí, pensativa, porque el que había venido ya se había marchado. Así que ahora, en lugar de quedarme sentada frente a la ventana, viéndolas venir, soy yo la que se va, siempre atenta al paisaje que pasa ante mí, eso sí.

Siempre me encantó mirar por la ventana cuando viajaba. Después de años haciendo la ruta en el autocar del colegio, llegué a aprenderme todos los nombres de las calles y las bocacalles por donde pasábamos, pero no sólo eso, también los de cada tienda, y hasta las caras de alguna de la gente que pasaba por el mismo sitio cada día a la misma hora se me quedaron grabadas para siempre. También los aburridos viajes al pueblo eran menos tediosos cuando te quedabas mirando por la ventana, e imaginando que, en lugar de dirigirte a un poblacho manchego, ibas a Barcelona, a Sevilla o, ¿por qué no? incluso a la misma Nueva York, y el coche de tu padre no era el coche de tu padre sino un taxi, y tu no eras tú, vestida con el chandal y una coleta, sino Audrey Hepburn, recién salida de una fiesta y volviendo a casa a las ocho de la mañana con un vestido de fiesta y con un capuccino en un vaso de cartón entre las manos...

Ahora que conduzco miro por la ventana de otra manera. Menos soñadora por exigencias de la conducción, pero mucho más placentera. Porque la que conduce ahora soy yo. La que elige el destino. Y la hora a la que salir. Si acelero o si voy despacito. Si pongo el aire acondicionado o abro la ventana.

Y sin una ruta marcada. A ojo. Perdiéndome siempre que me salgo del trayecto de todos los días, dando mil vueltas y llegando, porque siempre llego. Y es que a mi los mapas no me sirven de nada. Ni los de papel, ni los de internet, ni siquiera creo que me entendiera con un GPS de esos tan listos... Ya lo tengo más que asumido.

Será porque lo importante es el camino...

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