sábado, 15 de octubre de 2005

A veces me pregunto qué hubiese sido de mí si todo este mundo cibernético hubiese existido cuando yo no era más que una adolescente. Seguramente hubiese salido mucho más de lo que salí en su momento, porque hubiese tenido montones de amigos gracias al blog que seguramente tendría y a mis charlas en chats y messengers, en lugar de languidecer en mi habitación mientras escuchaba a Bruce Springsteen y escribía en mi diario lo sola que estaba, y hubiese sacado bastante peores notas de las que saqué, eso también es muy probable... Envidio a los que ahora crecen con este universo casi infinito a su alcance, y aunque tarde para algunas cosas, intento sacarle el máximo partido. Será porque el vértigo de la comunicación que propicia el cibermundo me parece irresistible. Y no, no me resisto. Ni lo más mínimo.

Estoy conociendo a gente que, sin este medio, jamás se habría cruzado en mi vida. Y sé que aún tengo por conocer a otros aún más increíblemente interesantes que los que ya he conocido, personas que están ahí, que yo siempre intuí que estaban ahí, pero que ahora aparecen al alcance de mi mano, de mis dedos y mis palabras.

Precisamente gracias a eso: a las palabras. A las mías y a las suyas. Porque lo mejor de todo esto es que es un camino de ida y vuelta. Yo llego hasta ellos, pero ellos también llegan hasta mí.

Porque el cristal de mi ventana jamás podrá ser una luna tintada…

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