sábado, 5 de noviembre de 2005

Desde que no tengo internet, me siento como cuando se va la luz: el mundo tiene otro color y el tiempo otra cadencia. El día podría durar más, pero dura menos. Los días se alargan y yo me acorto. A las nueve y media de la noche ya me caigo de sueño, y no tengo ni ganas ni fuerzas para ningún tipo de esfuerzo mental. Podría leer, pero apenas puedo centrar mi atención durante más de diez minutos cuando suelto el libro, aburrida. Podría escribir en vistas a tiempos peores, hacer un stock de posts para bombardear a mis lectores a mi vuelta o cuando vea que la inspiración me abandona. Podría al fin dedicarme a escribir un relato largo o una novela corta, pero no tengo ideas y las que tengo me parecen malas, y eso hace que cada vez me tenga menos claro que pueda hacerlo algún día.

Cuando era pequeña quería escribir esa novela antes de los 20 años. Luego, antes de los 30. Ya sé de sobra que no la escribiré antes de los 40. Lo de los 50, ya ni me lo planteo. A los 60, suena como actividad propia de taller anti-aburrimiento del hogar de la tercera edad.

Ni hijo, ni libro... Tendré que ir pensando en pasarme por un vivero a por un árbol...

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