viernes, 11 de noviembre de 2005

Dicen que los temores más ocultos se manifiestan en los sueños,envueltos entre el calor de las sábanas, al abrigo de la noche, cuando bajamos la guardia. A veces lo hacen de manera simple y clara, mediante pesadillas brutalmente cristalinas, otras a través de extrañas metáforas, recovecos simbólicos a los que hay que buscarles el sentido, no siempre evidente. Parece que lo que más miedo nos da no somos capaces de formularlo ante nosotros mismos si no es flotando entre los vapores del sueño. Y es ese carácter medio irreal de lo soñado, el mismo que hace que no recordemos la mayoría de lo que ocurre mientras dormimos, lo que hace que la mayor parte del tiempo estemos a salvo de nuestros mayores terrores. Sencillamente porque pocas veces tenemos que enfrentarnos a nuestros miedos de cara, mirándonos directamente a los ojos.Yo tengo un sueño recurrente, al que no encuentro sentido, pero que me asalta cada cierto tiempo, con una claridad impetuosa que me desconcierta, porque a pesar de lo detalladamente que soy capaz de recordarlo cada vez, no puedo encontrarle su verdadero sentido. Y es que ¿acaso lo tiene seguir soñando, quince años después de haber terminado la carrera, que aún tengo asignaturas pendientes por aprobar? Cada cierto tiempo, me veo en mi antigua facultad, con mi carpeta y mis libros, asistiendo a clase porque no tengo todo aprobado. Otras, haciendo un examen que evidentemente no me sé, y me veo a mí misma dentro del sueño diciendo: "Pero si yo ya tengo el título en casa, ¿cómo voy a haber estudiado para este examen? Yo no debería estar aquí..." Es angustioso, y sobre todo, desasosegante. Porque sé que en esa obstinación de repetirse, una y otra vez, cíclicamente, cuando menos lo espero, y con esa claridad cortante, ha de tener un significado. Oculto. Enrrevesado. Y, si lo desvelase, quizás terrorifico...

Y es que las cosas que más miedo dan no tienen por que ser las más sangrientas o depravadas. La resistencia de las personas ante el dolor y el horror es casi infinita, nos estremeceríamos si pudieramos ver en los ojos de la gente que nos cruzamos en la calle cuántas historias escalofriantes llevan a sus espaldas mientras siguen su camino, algunos incluso con una sonrisa... Son esas pequeñas cosas inaprensibles que no podemos dominar, las que nos hacen sentir pequeños e indefensos, ésas que nos hacen ver lo débiles y vulnerables que seguimos siendo aunque ya seamos adultos, las que se manifiestan cuando menos podemos defendernos. Mientras dormimos, cuando hundidos entre las mantas y sintiendo el calor próximo de la persona que nos quiere, nos creemos a salvo de todo. Y quizás lo estemos. Durante unas horas robadas a la luz del sol. A salvo de las grandes catástrofes. De la adversidad. De la mala suerte.

Pero ¿cómo se protege alguien de uno mismo?

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