miércoles, 30 de noviembre de 2005

Hay personas que nacen para mandar.

Otras están hechas para obedecer.
Pero a veces los papeles se invierten. Las circunstancias los cambian. O la suerte juguetea y lo vuelve todo del revés.

A los mandones a los que les toca agachar la cabeza y acatar órdenes les devora la humillación de verse abajo y la seguridad de que una terrible injusticia está privando al mundo de sus innegables dotes de mando. Harán lo que se les ordena, porque a fin de cuentas saben que no les conviene caer aún más bajo, pero lo que hagan lo harán siempre con ese rayo de odio en sus ojos ante quien les dirige. Porque sentirán que, sea quien sea su superior, es un ladrón: ése debería ser su sitio y el de nadie más. Y la impotencia les consumirá, porque siendo como es un líder nato ya no tiene poder suficiente como para evitar semejante desajuste de las leyes de la naturaleza.

Los dóciles que de pronto se ven con poder, aunque se lo hayan ganado a pulso, nunca terminarán de sentirlo del todo suyo. A pesar de que tengan legitimidad y capacidad para dirigir, la sombra de su pasado les acompañará siempre, como a los nuevos ricos que, a pesar de los millones y los Mercedes en el garaje, siempre serán mirados por sus antiguos iguales como destripaterrones muertos de hambre con las uñas tan negras como las suyas, y sin gracia ninguna para lucir la ropa de marca por mucho que se esfuercen. A quien siempre obedeció hasta que le tocó mandar le costará imponerse y hacerse respetar, sobre todo por los que le conocieron obedeciendo y de la noche a la mañana se encuentran a su igual dándoles órdenes.

El mundo está mal hecho. Porque hay personas que nacen para mandar, mientras que otras están hechas para obedecer. Porque eso puede cambiar, pero en el fondo nada cambia.

Aunque quizás el mundo no tenga culpa de nada, y los que estemos mal hechos seamos las personas.

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