domingo, 27 de noviembre de 2005

Me gustaría pegar un salto en el calendario, desde este domingo hasta el siguiente, y esquivar una semana que se anuncia dura. Ajetreada e intensa, en lo que a lo laboral se refiere. Difícil y seguramente conflictiva. Una semana que si soy capaz de superarla sin haber mandado todo a freír espárragos, seguramente me convierta en alguien capaz de aguantar lo que me echen. Pero tengo mis dudas, porque me conozco lo suficiente como para saber que estoy al límite de mi capacidad de aguante. Tengo esa pesadez en el estómago, ese malestar general que invade todas las demás parcelas de mi vida, esa tristeza que se apodera de mí cuando las cosas no van como tienen que ir en ese sitio en el que tengo que pasar ocho horas diarias. Esa desazón que ha hecho, tantas otras veces, que presente mi dimisión de la noche a la mañana sin titubear, sin que me temblara el pulso al firmar la carta de baja voluntaria. Y sin derecho a paro. Con un par.



Pero tengo que aguantar, esta vez he de hacerlo aunque sólo sea por rentabilizar tanto trabajo, tantos sofocos y tanto sufrimiento como los que he soportado en el último año. Porque que termine tirando la toalla es justo lo que esperan algunos. Y quedarme, y seguir adelante, y no rendirme es exactamente lo que debo hacer si no quiero dar la razón a esos algunos, los causantes directos de mi desasosiego, la fuente directa de todos mis males. Pero no sé si el esfuerzo merece la pena.

Y lo malo es que, muy en el fondo, sí que lo sé, porque esa simple duda, plantearme si compensa o no el esfuerzo de seguir, ya es por sí misma toda una respuesta.

Me temo.

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