martes, 22 de noviembre de 2005

Muchas veces me he preguntado el por qué de mi aversión al ejercicio físico. Yo era de las que suspiraban por tener un justificante médico para librarme de la clase de gimnasia, no digo más. Y me he resistido, y de qué manera, apuntándome (y yendo) a un gimnasio o a la piscina, pero al final lo he terminado por dejar. Pero lo peor no ha sido mi inconstancia, sino el no haber disfrutado en absoluto de la experiencia. Y la sensación de que, por más que mi voluntad quiera imponerse, mi rechazo es más fuerte. Supongo que es porque mi animadversión hacia el ejercicio físico está en forma desde hace mucho tiempo…

Y curiosamente, después de años con la incógnita de por qué no puedo con la actividad física, el domingo creo que descubrí al fin qué es exactamente lo que me repele de pensar en alguien (yo misma incluida) haciendo pesas o estiramientos, corriendo por un parque o haciendo pilates. Fue una revelación de esas tipo fogonazo: de pronto lo entendí todo. Me di cuenta de que yo no odio moverme porque sí, es más, me gusta la competitividad del deporte practicado (he descubierto con regocijo lo mucho que me gusta corretear y echar los bofes jugando al squash). Y si me remonto a mis años más tiernos, me recuerdo siempre yendo corriendo a los sitios, llámese panadería, papelería o para subir a cenar después de haber estado jugando a la goma en la calle, jamás andando. ¿Y por qué? Porque si corría llegaba antes: el correr tenía una utilidad. Era algo real, integrado en la acción de mi vida en ese instante. En fin: que de pronto, mientras sacaba la raqueta de la funda, y veía a mis vecinos haciendo flexiones y levantando pesas, comprendí que lo que más odiaba de lo que habitualmente se denomina “estar en forma” es el proceso. El hecho “artificial” de moverse o afinar un músculo como objetivo, no como consecuencia de algo propio de tu actividad normal, ni como utilidad de la vida diaria.

Así que, después de mucho tiempo dando vueltas a por qué me daba tanta pereza y asquito hacer ejercicio, creo que sé lo que me pasa:

Me gusta correr porque pierdo el autobús y alcanzarlo, pero es ponerme a hacer abdominales y empezar a bostezar y a preguntarme qué leches estoy haciendo. Me encanta sentarme con las piernas hechas un ocho, pero pocas cosas me resultan más ridículas que alguien haciendo estiramientos, no puedo evitarlo. Pocas cosas hay que me hagan disfrutar más que una buena caminata: es como si de pronto te dieses cuenta de que tú y tu cuerpo podéis llegar a cualquier parte con la sola ayuda de un par de zapatillas, pero jamás he podido irme a correr sin sentirme como una imbécil.

Me gusta jugar al squash porque es eso, un juego, en el que intentas que el otro no la dé y darla tú, y, si es posible, correr poco y que el otro corra mucho, y si puede ser, que tu contrincante se estampe inútilmente contra la pared y al final tampoco pueda pegarle a la pelota.

Pero sin dudarlo, aún hoy, si tuviera que ir al gimnasio por obligación, daría mi reino por un justificante médico que me eximiera de semejante condena…

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