jueves, 17 de noviembre de 2005

¿Nos conoce alguien realmente? ¿Puede alguien ajeno a nosotros mismos, cuando ni siquiera a veces uno lo logra, llegar a descubrir cómo somos de verdad? No digo ya llegar hasta el fondo: a veces no es preciso bucear tanto, y simplemente rascar un poco en la superficie también logra confundir. Hasta la transparencia excesiva deslumbra y aturde. A veces uno no puede evitar pensar que no hay cristal cuando lo único que ocurre es que está excesivamente limpio. Y claro, con la tendencia generalizada a buscarle tres pies al gato, uno termina por no ver que el cuarto pie es eso, nada más que un pie, el cuarto, y no la cola del animal, ni ninguna otra ilusión óptica.

Yo creo que sí se puede conocer a los demás. Que sólo basta un poquito de atención y algo más, tampoco demasiado, de interés para llegar de verdad hasta alguien. De intentar aunque sólo sea un ratillo de salirse de uno mismo y olvidarse durante un rato del propio ego. De escuchar, en lugar de esperar su turno de palabra, sin atender a lo que dice al otro, porque bastante tiene uno con preparar lo que va a soltar inmediatamente después, mientras, eso sí, asientes cada cierto tiempo, abres los ojos desmesuradamente y exclamas "¿Sí? ¡No me digas! ¡Increíble!". De tomar en serio lo que merece ser tomado en serio, dosificando con el mismo buen pulso las bromas y las veras. Porque el que no sabe cuándo es el momento de decir ¡Basta!, no valora realmente el poder de la risa.


A pesar de que cada persona es un universo con vida propia, los sistemas solares se parecen mucho unos a otros. Pueden tener más o menos planetas, uno o varios soles, satélites montañosos o desérticos, pero en el fondo todos son lo mismo. Y es que, a pesar de nosotros, suele ser mucho más fácil. Todo suele ser mucho más sencillo, pero tenemos dificultades para verlo. A pesar de nuestro gusto por el embrollo, las cosas tienden a obedecer a una lógica tremendamente simple.


Y es que, aunque tenga malísima prensa decir algo así, en realidad nos pierde el gusto por movemos en los extremos. Porque, de hecho, todo es blanco o negro. O al menos, en lo que de verdad importa, los matices sobran.

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