sábado, 10 de diciembre de 2005

Al final caí: compré un paquete de Christmas. Y los terminaré mandando, como siempre, a pesar de que, de nuevo, sea incapaz de ser original y de escribir en ellos algo más que eso de “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo” (¿dónde se queda mi creatividad cuando me pongo delante de una tarjeta navideña?). A pesar de que los enviaré sin gana ninguna, sin ese chispazo de entusiasmo ilusionado que antes me llevaba a esperar con ansia ese momento, buscarlos, elegir los más bonitos, hacer la lista de gente a la que mandarlos, comprobar las direcciones, comprar los sellos y, finalmente, echarlos al buzón, teniendo en cuenta la fecha más indicada para que llegasen en el momento justo y para esperar respuesta de todos ellos, aunque no fuera más que por corresponder educadamente a mi gesto de elegirles a ellos para recibir los míos.

Pero el círculo se reduce, y este año, de un paquete de seis me sobrará uno. Seguramente, tres de las personas a las que se los envío me envíen otro de una manera tan automática, desapasionada y utilitaria como yo lo hago: para evitar romper un hilo demasiado largo ya, pero en absoluto resistente. Un hilo, el de E., se remonta a mis 14 años, casi nada; un hilo largo, largo… y maldito lo que valgo, porque creo que la última vez que nos vimos fue, por casualidad, en 1997. El hilo que me une a M. y M.J. se estableció en mis tiempos de universidad y se mantiene precariamente tenso gracias a la celebración de nuestros tres cumpleaños. Los otros dos, D. y J., seguro que se alegrarán de verdad de recibirlos, seguramente porque no los esperan, y creo que sólo por eso se los enviaré con unos cuantos átomos de algo parecido a la ilusión.

Mierda de Navidad.

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