domingo, 18 de diciembre de 2005

Ayer me fui a patinar sobre hielo. Sólo lo había hecho antes una vez, hará más de cinco años, y sólo recuerdo el frío que pasé y cómo no podía separarme de la barandilla si quería mantenerme en pie. Sin embargo, ayer no sólo no tuve nada de frío, sino que terminé, despacito y buena letra, eso sí, atreviéndome a aventurarme a la zona central de la pista, ahí donde, por el poco trasiego de los patinadores, el hielo está liso y perfecto cuando el resto de la pista, después de una tarde entera, es un auténtico granizado de limón. No tengo nada de estilo patinando, evidentemente, es más, tiendo a usar sólo una pierna para impulsarme, temo como un chubasco que se me echen encima los expertos que hacen piruetas y van marcha atrás, pero me mantengo en pie y avanzo, y lo más importante, me lo pasé muy bien y me quedaron ganas de volver pronto a calzarme los patines.

La pista estaba repleta de adolescentes. Yo tengo treinta y ocho años, y algunos de los chicos que se lanzaban entre risotadas por la pista podrían ser hijos míos, pero no me sentí fuera de lugar. A veces creo que, a destiempo, con una especie de jet-lag vital, estoy experimentando cosas que debería haber vivido en su momento, pero que no tuvieron lugar entonces y me están sucediendo ahora. Porque tenían que sucederme. Y yo no las esquivo.

No vivo cada día como el último, aún no he llegado a destilar hasta ese punto la esencia del Carpe Diem. Pero sí que intento que la vida no pase sobre mí, sino pasar yo por la vida.

Aunque sea deslizándome, medio tambaleándome, sobre un par de patines de hielo...

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