jueves, 8 de diciembre de 2005

Cada año que pasa, tengo menos espíritu navideño. Será porque no tengo niños cerca y las visitas a Cortilandia o a los puestos de artículos de broma a la Plaza Mayor quedan muy, muy lejos, allá en los tiempos en que mi hermano era un mico que no podía perderse ni un solo año el espectáculo navideño de El Corte Inglés y que adoraba los petardos y los paquetes de chicles que te pillaban el dedo al coger uno. Será porque el tiempo te quita ilusión y te da pragmatismo, y los centros comerciales y las tiendas cada día me dan más pereza y más agobio. El caso es que, limpia de cualquier principio religioso que, tiempo atrás, pudo haberme hecho pensar en estas fechas como en algo especial, ni siquiera me queda el recurso del consumismo salvaje: no me hace ilusión alguna “pedirme” nada para Reyes, ni que me regalen nada en concreto. O lo tengo todo, o no me hace falta gran cosa. Regalar a los demás me parece una obligación que me calienta la cabeza ya desde octubre (es que “es” una obligación), lo cual le quita bastante encanto al asunto. Ni siquiera me hace ilusión ya lo de envíar y recibir postales navideñas: lo que antes me encantaba ahora me provoca un hastío indecible. Me parece una hipocresía y un sarcasmo desear a alguien felicidad una vez al año por decreto y no ser capaz de decirle a esa misma persona, pongamos, un 5 de julio, que la quieres, o que crees que se merece una vida mejor, o que es estupenda cuando es eso lo que sientes y lo que necesitaría oír.

Creo que lo único que me hace desear la llegada de diciembre es visitar a esa parte de la familia a la que, por lo lejos que está, sólo puedo ver una o dos veces al año. Y si espero con ganas que las fiestas lleguen para que pasen de una vez es también por esa idea tan infantil e ilusa de “Año nuevo, vida nueva”...

¡Ah! Y por la posibilidad de estrenar agenda…

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