domingo, 4 de diciembre de 2005

La semana ha pasado, todas lo hacen, incluso las que son como ésta, que yo, con razón temía tanto. De hecho, mi fin de semana ha empezado hace unas horas, justo después de comer. Trabajar un sábado o un domingo es algo extraño… Una putada, por supuesto, pero sobre todas las cosas algo muy raro y peculiar. La oficina tiene una atmósfera muy diferente. Ese silencio… donde todo suena diferente. Hasta el olor.

Perder mi viernes noche, mi sábado entero y medio domingo trabajando no ha solucionado el problema, tal y como era de esperar, sólo me ha mostrado más crudamente las dimensiones mastodónticas que ya intuía. Me ha hecho ver más claro, si cabía, que estoy en un callejón sin salida, del que nadie puede sacarme, salvo con un helicóptero… Pero me temo que los equipos de rescate no vendrán, y seré yo quien siga buscando inútilmente una forma de arreglar algo que no tiene solución. Me siento como si me hubiesen dado una cucharilla de café, el desierto del Sahara y la misión de no dejar ni un solo grano de arena. Sé que es imposible, pero mi manera de afrontar mis obligaciones me impide devolver la cucharilla, dar media vuelta y largarme. Y ahí sigo, y seguiré, dale que te pego, intentando beberme el mar, intentando lo imposible…

Y una nueva semana empieza dentro de un rato…

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