miércoles, 25 de enero de 2006

Hay personas magnéticas, que atraen instantáneamente, sin necesidad de abrir la boca, con su única presencia. Gente rodeada de un aura mágica, una especie de imán capaz de atraer las simpatías de cualquiera que se acerque a ese campo de atracción.

Otra gente, por el contrario, de entrada no cae bien. O lo que es peor, ni siquiera cae. Es gente insípida y transparente, a la que puedes llegar a atravesar sin ver, como almas en pena que cruzan por tu lado sin que te des cuenta. Y a menos que seas del tipo curioso y amigo de los retos imposibles, pasarás de largo, buscando el rebufo de la estela de alguien del otro grupo, de los magnéticos, como si estar cerca fuese una manera de que se te pegara un poco de su polvo mágico, y parte de su encanto terminase siendo tuyo.

A mi me gusta pararme cuando todos los demás pasan de largo, arrastrados por los magnéticos. Cuando el campo queda libre, y, con calma, sin prisa, puedo ponerme a rascar la cáscara insípida de los transparentes. Y saltándome todos los prejuicios y primeras impresiones, descubrir. La curiosidad puede llevarte lejos, pero más lejos aún puede llevarte la paciencia.

Porque la paciencia, el intentar sacar de donde parece no haber, pero hay, es, precisamente, la fuerza de los transparentes.

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