martes, 10 de enero de 2006

Me gusta madrugar porque salir a la calle muy temprano, cuando aún es de noche, y ver cómo la luz va apoderándose de las calles hace que parezca que el mundo se despereza a tu alrededor cuando tú ya estás de pie, despejado y en perfecto estado de revista. Es como llevar un ratito de ventaja en una carrera seguramente agotadora, pero quien sabe si sorprendente en lugar de rutinaria, que terminará cuando dentro de unas horas me meta en la cama…

Me gusta conducir de noche y lloviendo, porque hay pocos coches y la carretera se vuelve misteriosa e inexplorada, como si la oscuridad que oculta el paisaje que te rodea, sólo rota por el lengüetazo de los faros hacia delante, fuese una amiga cómplice, dispuesta a llevarte a un lugar nuevo, seguro y mucho mejor del que has salido…

Me gusta mirar el mundo mientras gira, porque es como si pudiera bajarme de él en marcha durante un ratito, y, mientras observo, conseguir que el tiempo no pase para mí. Luego me subo de nuevo de un salto, y sigo mi camino. Pero durante el instante en que me he bajado, he vuelto a ser testigo de algo que la gente no suele ver, porque los árboles les impiden ver el bosque.

Igual que cuando veo las calles vacías, volviendo a la vida poco a poco. O las estaciones de servicio surgiendo de la nada, como si alguien las hubiese puesto ahí, sólo para mí.

Creo que me gusta todo eso porque me hace sentirme un poco especial. Menos masa informe y más persona diferenciada. Y ese sentimiento es más poderoso y embriagador que cualquier cosa. Es como mirarte a ti misma, y verte. Y que te guste. Mucho. A pesar de que, para sentir eso, para saborear con auténtica fruición un amanecer vigorizante o una noche lluviosa al volante tenga que estar sin nadie a mi lado.

Quizás, después de todo, va a resultar que soy una solitaria…

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