lunes, 16 de enero de 2006

No suelo ser persona de explosiones espectaculares de ira o enfado. Más bien soy de callarme y aguantar, y cuando alcanzo mi tope proceder con determinación, pero con frialdad, sin gritos ni aspavientos. No soy de discutir, sino de actuar. Sin embargo, hoy he gritado, he dicho palabrotas y hasta me han dado ganas de zarandear a mi contraria. No es que la situación se me haya ido de las manos: es que no podía callarme, no debía callarme, hubiese tenido sangre de horchata si me hubiese callado, y no, no la tengo… Y es que yo tengo una flexibilidad y una capacidad de abarcarlo todo tan efectiva y práctica para los que me rodean como peligrosa. Porque soy como una goma elástica, con la gran ventaja de que puedes tirar y tirar de ella, porque siempre es flexible, y se estira hasta límites alucinantes. Pero también las gomas tienen un pequeño, pero molesto aunque previsible inconveniente: todas ellas tienen un límite de elasticidad… y se rompen. Y cuando una goma se rompe, si te alcanza duele… Y mucho. Pues esta tarde quien ha tensado la goma y la ha roto, viene disfrutando desde hace tiempo de su increíble capacidad de estirarse hasta llegar a todo, para luego volver a encogerse, y volver a estirarse a la medida de sus necesidades. Y esa fuerza de la costumbre ha hecho que se confiara, pensando que la goma nunca se rompería, pero lo ha hecho y ha recibido el impacto de la goma rota en toda la cara.

Y sólo hay una cosa que me fastidie aún más que el hecho de que me hagan llegar al límite: que me mareen después intentando hacerme ver que las cosas, a pesar de todo, no son tan graves. Ese espíritu falsamente conciliador, que no es sino una última intentona desesperada de quedar encima, a pesar de todo. Es como si pretendieran pegar los dos extremos de la goma con pegamento de barra. Un intento voluntarioso, pero inútil.

Una estúpida pérdida de tiempo.

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