domingo, 1 de enero de 2006

Siempre he sido consciente de que lo de “Año nuevo, vida nueva” era una fantasía, algo que dura menos que una pompa de jabón, pero que, igual que las pompas, es bonito, perfecto y extrañamente sugerente, capaz de sacar de uno la parte más ingenua y crédula durante un instante, o al menos durante la temporada que dura el propósito del cambio. Aún así, siempre me he agarrado a esa posibilidad, a que una nueva cifra en el calendario significase un giro, con una fuerza inusitada, con un ansia de náufrago desesperado que intenta salir a flote, que sólo puede explicarse por la necesidad imperiosa de un cambio. ¿Es eso síntoma de pesimismo y descontento congénito o, por el contrario, ansia optimista de superación del que tiene lo bueno pero no se conforma y lucha por conseguir algo aún mejor? Quiero creer que es lo segundo, pero mi lado negativo me dice que no sea ingenua y vea la realidad que me persigue desde siempre: quiero páginas en blanco porque el cuaderno que ya he escrito no me gusta. Quiero cambiar mi letra porque soy tan supersticiosa que creo firmemente en algo tan tonto como pensar que una nueva caligrafía hará que las cosas sean diferentes.

Esta primera mañana de Año Nuevo me invade la misma sensación de cada primero de enero desde que tengo uso de razón: que necesito la página en blanco. Que la necesito como el aire para respirar. Me hace falta saber que existe la posibilidad de que, si no todo, algo sea nuevo y mejor. Pensar que esta vez quizás sí pueda librarme de páginas mil veces escritas y mil veces odiadas, páginas que me persiguen desde hace años, quizás porque son partes fundamentales de mí, aunque las odie con toda mi alma. Puede que sea el momento en que consiga darles esquinazo, aunque no sepa cómo y seguramente tampoco esta vez tampoco lo consiga, pero ¿y si esta vez sí lo logro? No digo que no salvaría páginas del cuaderno viejo, por supuesto que lo haría, pero necesito la opción de pensar que esta vez mi letra será más bonita, el bolígrafo se deslizará mejor por el papel, y quizás, cuando ponga “Fin” en la última página, dentro de un año, el deseo por hacer borrón y cuenta nueva sea, al menos, un poquito menos fuerte.

De momento, el cuaderno está flamante, el bolígrafo no gotea y mi lado pesimista debe estar durmiendo la mona, porque veo ante mí la posibilidad de tirar a la basura lo malo sin que vuelva a encontrármelo en el cajón dentro de tres meses, como pasa siempre. Así que, aprovecharé mientras dure...

Feliz Año Nuevo.

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