domingo, 22 de enero de 2006

Tengo una tristeza y una opresión en el alma que no me deja, a pesar de que ya han pasado unas horas desde que salí del cine. Hacía mucho que no me metía tanto en la trama de una película, y no será por escasez de películas vistas… pero no recuerdo, desde hace mucho, mucho tiempo, haberme sentido tan atrapada por lo que les ocurriese o por lo que sintiesen los protagonistas. 

No puedo pensar con claridad. Sólo puedo sentir. Angustia y pena, mucha, porque hay mucha tristeza en esta película. Pero también siento la grandeza, tan arrebatadora como el propio paisaje en la que todo estalla, la intensidad de un sentimiento que late bajo la superficie de la normalidad, de lo establecido, de lo que debe ser, y aunque no se impone tampoco se apaga, al contrario… No puedo borrar de mi mente la imagen de esas dos camisas manchadas en la misma percha. Nunca tan poco, unas camisas sucias, manchadas de sangre y tierra, dijeron tanto...

No puedo seguir, porque si sigo escribiendo creo que voy a echarme a llorar. Porque creo que aún estoy (y estaré) perdida entre los pinos y los arroyuelos de Brokeblack Mountain.

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