miércoles, 22 de febrero de 2006

Lo peor de crecer, de hacerse mayor y finalmente envejecer no es el hecho de
ir dejando atrás montones de posibilidades no elegidas que jamás
recuperaremos. Lo más trágico del paso del tiempo no es la imposibilidad de
recuperar lugares a los que, en el caso de volver a ellos, ya nunca serán
los mismos. Ni siquiera la impotencia de ver cómo personas que son
fundamentales en determinados momentos van cayendo poco a poco de nuestras
vidas, como frutas demasiado maduras, y terminan borrándose, como si nunca
hubiesen existido. Lo peor de todo es ser consciente de lo poco que te va
quedando por delante… El brusco despertar del falso sueño de eternidad en el
que nos mecemos durante buena parte de nuestra vida. Son los otros los que
se mueren de repente, los demás son los que envejecen, nosotros siempre
estamos igual… hasta que dejamos de estarlo. Un día cualquiera, de repente,
con un sobresalto, te das cuenta de que no vivirás eternamente, que lo que
no hiciste a los 20 y pensabas hacer a los 30 tampoco lo has hecho a los 40. Y quizás un arrebato de autoestima maltrecha te haga arremangarte y conseguirlo, pero en el fondo sabrás que ya no era el momento, que lo has hecho, sí, pero como un mero trámite, para decir “Lo he logrado”, pero todos sabemos que cada cosa tiene su momento, y ése ya no era el tuyo…

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