lunes, 20 de febrero de 2006

Me he desvelado, y eso supone empezar a dar vueltas, intentar no pensar en que no me puedo dormir, y el intento de vaciar mi mente es inútil, ya que es entonces cuando empiezo a pensar justo en lo que no debo, y ya sí que no me dormiré, o lo haré, pero con la cabeza repleta de preocupaciones, y soñaré, con llamadas de teléfono, ese teléfono infernal, me van a gastar el nombre, Teresa, Teresa, Teresa… Todo termina llegando a Teresa, pasando por Teresa, quedándose a que lo arregle Teresa, pregúntale a Teresa, Teresa lo sabe, y si no lo sabe, lo inventa, o lo busca, o lo encontrará, seguro. Cuando empiezo a soñar sobre cosas del trabajo, malo. Malo, malísimo. No debo, no quiero, me niego, pero ¿cómo? Soy lo que soy, una estúpida responsable, bendita irresponsabilidad, el reino de los cielos será de los responsables, pero el paraíso de una vida sin quebraderos de cabeza es de los irresponsables. Cambio cabeza bien amueblada, con vistas estupendas, por cabeza loca, no me importa que sea interior. Mi reino por un poco de inconsciencia. La lucidez es la madre de todos mis males. Quiero ser un zoquete feliz. Lo necesito. Un zoquete feliz e irresponsable, al que nada le importe. Mierda de educación judeo-cristiana…

Es tarde, mañana costará abrir los ojos, o no, saldré llena de energía, dispuesta a comerme el mundo y los problemas, mojando pan en la salsa más espesa, pero el bajón de las 19.30 será inevitable. ¿La vida es eso? ¿Soñar con cosas del curro, y no desconectar hasta el sábado por la tarde? No, no lo es. Ocho horas para dormir, ocho para trabajar, otro para uno mismo. Ocho por tres, veinticuatro. Las cuentas salen. Si fuera eso, todos tendríamos un cutis impecable, pero no da tiempo, y las horas para uno mismo una termina fundiéndolas con las horas del trabajo, o con las obligaciones, uno mismo siempre puede esperar. Y te vas de casa de noche, y vuelves de noche. ¿Cómo te ha ido el día? Ah, ¿es que ha sido de día? ¿Cuándo? La luz natural envuelve la vida de ahí fuera, aquí dentro la luz siempre es la misma, haga sol o nieve, luz de fluorescente, luz de ordenador, luz artificial. Planté un jacinto hace meses, pero no ha soportado esa luz. Lo tiré a la basura hace días. ¿Hay vida más allá de esas cuatro paredes? Dicen que sí, que nos corresponderían ocho horas para disfrutarla, después de haber dormido otras ocho, es lo mejor para la piel, dicen las modelos de Cibeles cuando las preguntan por sus secretos de belleza. Eso y agua. No me gusta beber agua sin sed, es como hacer sexo sin amor. Dicen que es bueno, una cosa y la otra, es posible, pero no me gusta. Y bastantes cosas hago sin que me gusten. Otra más no.

Cuando iba al colegio, envidiaba a la gente que trabajaba. Ellos no tenían que estudiar en casa, ni hacer deberes. A la hora de salir, apagaban sus ordenadores, cogían sus abrigos y a casa. A vivir. Yo quiero eso. Quiero sentirme privilegiada, tal y como yo los veía desde mis diez años, con esa envidia de quien odia profundamente algo y no puede hacer nada por evitarlo, sino esperar... Quiero ser como esa gente a la que yo miraba con envidia salir de sus trabajos, mientras yo me comía el bocadillo pensando en la cantidad de deberes que me esperaban en cuanto terminara de ver Vicky el Vickingo…

Mañana, que ya es hoy, volverán los agobios, las llamadas, los papeles… Y ¿sucumbiré? Seguramente. Quizás no el lunes, ni el martes, pero sí el jueves o el viernes, cuando esté demasiado saturada para ser fiel a mis propósitos de enmienda... Pero juro que, cuando apague el ordenador, antes de coger el bolso y el abrigo y marcharme a casa, mi último pensamiento será para la niña de falda gris y bocadillo de nocilla, e intentaré no volver a traicionarla.

Por éstas, que son cruces…

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