domingo, 12 de febrero de 2006

Nunca he celebrado el día de San Valentín. Es más, toda la parafernalia empalagosa de corazones, color rojo rabioso, aroma de fresa y pétalos de rosas me marea y me revuelve el estómago a partes iguales. Creo que celebrar ese día es algo innecesario, por el punto obligatorio y borreguil que tiene obedecer la consigna "Viva-el-amor-vamos-todos-a-comprar-para-demostrarlo", tanto si estás enamorado como si no. Si quieres a alguien, tienes 364 días más para demostrarlo, por sorpresa y porque sí, porque un latigazo arrebatado de pasión te lleva a hacerlo, lo cual añade mucha más sal al asunto, y sin que nadie te tenga que decir cuándo toca ser romántico y dulce. Si estás solo y no tienes a quien querer ni quien te quiera, el amigo Valentín, a pesar de toda su buena y santificada voluntad, hace que la carencia de amor en tu vida se haga mucho más evidente, más sangrante y humillante, un islote de soledad en medio de un océano de amor y caramelo, mientras compruebas con angustia y desolación cómo nadie se acuerda de tí sencillamente porque no tienes a nadie a quien le importes lo más mínimo.

No debería ser necesario que nos rodeen durante semanas de flores, lazos rojos, corazones y papel de regalo para que nos asaltaran las ganas de tener un detalle con las personas amadas. Ni tampoco nadie debería sentirse obligado a comprar algo, lo que sea, para quedar bien y no tener bronca el 14 de Febrero. ¿No sería mucho más sincero, original y meditado, por ejemplo, encontrarte un día cualquiera de un mes cualquiera un post-it amarillo en el bolsillo del abrigo que se te pegue en los dedos al buscar las llaves, y que te ponga una sonrisa en la boca que te durará todo el día después de leer algo como “No te olvides de coger leche. Ah, y tampoco de que te quiero…”? O, un suponer, meterte en la cama, como cualquier otra noche, y sentir algo frío en los pies, y comprobar con ojos maravillados que es ese reloj que hace meses , de pasada en un comentario rápido y sin intención ninguna, dijiste que te gustaba, pero que era demasiado caro, y total, tienes mil relojes, y al final no te pones ninguno...

Supongo que esa aversión mía a canalizar amor a través de objetos obligada por la publicidad y las leyes del mercado se resume en una frase:

Cuanto le tengo a él, me sobra todo.

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