domingo, 5 de febrero de 2006

Soy como una lata de conservas. Dura y resistente al tiempo y a los elementos, con una etiqueta pegada en la que dice lo que hay dentro, de mayor a menor, como en los ingredientes de las conservas. Atún, aceite de oliva y sal. Mi etiqueta la pone el consumidor, a su gusto, después de coger del estante la lata, darle unas cuantas vueltas y dejarla de nuevo en la estantería o bien llevársela a casa. Habrá algunos que tras sopesar la lata y mirarla un poco al trasluz, terminarán pegándome una etiqueta de “mujer de mediana edad, distante e inaccesible, con un punto de listeza y una pizca de soberbia”. Otros, después de mirar y remirar, pensarán que detrás de la hojalata se esconde un ejemplar típico de “mujer solitaria, escondida tras el burladero de las palabras por miedo a saltar al ruedo de la vida”. Y así hasta el infinito. Pero ninguno estará seguro de lo que hay hasta que llegue a casa, vacíe la bolsa de la compra, saque la lata y con el abrelatas en la mano, se disponga a abrirla y comprobar por sí mismo qué hay dentro.

Lo malo de las latas es que, una vez abiertas, no hay marcha atrás. Nunca más podrás volver a cerrarlas herméticamente. Como mucho, podrás trasvasar su contenido a un tuperware, o a un viejo bote de mermelada reciclado. Pero ya no será lo mismo. Su fecha de caducidad se verá reducida. O te comes el contenido, o lo tiras.

A veces me siento como una lata de conservas. Si me abro, ya no tiene remedio: estaré a merced de los elementos. Podrán hacer de mí lo que quieran, comerme o tirarme, picotear un poco o devorarme de una sentada, chuparse los dedos o dar arcadas, amarme o destrozarme. Mi hermetismo puede aislarme, lo sé, lo ha hecho, lo hace, lo hará siempre, pero también puede protegerme.

Porque soy vulnerable. No sé si más o menos que cualquiera, pero sí sé que en mí hay un componente quebradizo y delicado que, en las manos inadecuadas, puede permitir hacerme mucho daño, y eso hace que me replantee las cosas antes de dejar un abrelatas al alcance de cualquiera. Porque sé lo que puede suponer no poder volver a cerrar nunca más la lata. Y porque sé que, dentro de mi, el ingrediente principal, el primero de la lista, por delante de "lista", "responsable", "sensible", "distante", fría", "contradictoria", o "comprensiva", es ése. Precisamente ése.


Frágil.

0 comentarios: