viernes, 17 de febrero de 2006

Tengo un cansancio de ese que no arrastras, sino que te empuja, porque tú ya no puedes más, y es la inercia de haberte movido tanto la que logra desplazarte, no tus fuerzas, inexistentes, ni tu ánimo, no por los suelos, sino bajo tierra. Es un agotamiento que te va minando poco a poco, casi sin darte cuenta, gota a gota de entusiasmo, átomo a átomo de energía, como un reloj de arena, imperceptible, pero implacable, hasta que de pronto eres consciente de que ya no queda ni un solo grano de arena, y ya sí que no puedes con tu alma. Ni con tu cuerpo, ni con tu alma. Y es que la debilidad física termina siendo secundaria, porque el agotamiento mental te impide recomponerte y plantearte cómo y dónde encontrar fuerzas de nuevo.

Estoy cansada, tanto que no puedo ni pensar. Mi cuerpo aguanta el tirón a duras penas, pero aguanta, debo ser más fuerte de lo que creo, pero mi pobre cabeza tiene un cupo, y he llenado todos los huecos habidos y por haber. Tendría que quitar el tapón del desagüe y tirar unos pocos problemas, un puñado de historias embrolladas, una buena paletada de responsabilidades, y así poder abrir de nuevo el grifo, pero no puedo. Me he quedado con el pomo del grifo en la mano, imposible parar el chorro, y el tapón ya no hay quien lo quite. Desbordará, lo veo, y no puedo hacer nada por evitarlo.

No sé qué va a ser de mí, y eso es algo que a la vez me intriga y me asusta un poco. Tengo la sensación de que voy a saltar por los aires, y sólo me queda la opción de avisar para que, los que estén cerca cuando eso ocurra no se sorprendan por el estruendo, y no se asusten si se encuentran con jirones de mí pegados a la ropa…

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