viernes, 24 de marzo de 2006

Caprichoso, el destino te pone delante a personas igual que te las quita. A cada uno le toca estar atento y saber echar el lazo a la gente que se cruza contigo y merece la pena, y una vez atrapados, el secreto está en saber mantenerles a tu lado, apretando los nudos, con fuerza, pero también con delicadeza. Algunos de ellos logran zafarse y finalmente se escurren entre los hilos que les unen a nosotros. Es gente que, por dejadez o despiste, terminan por dejar morir la relación. Y esos lazos que nos ataban a ellos se pudren y se caen, como los puntos de sutura que se reabsorben solos y con el tiempo desaparecen.

Miras atrás, y ves el rastro de todos los que fueron algo y ya no son nada. Y te preguntas cómo llegó a ocurrir. Porque quizás también tú fuiste descuidado, o desidioso, y llega un momento en el que la culpa es lo de menos, porque lo de más es que de nuevo estás solo. Y tu soledad retumba ensordecedora, y te haces más preguntas para las que no tienes respuesta. Igual que tampoco puedes explicar por que un día miras a tu alrededor y ves de nuevo unos hilos tendidos, y caras nuevas, y nombres nuevos en tu agenda, y voces frescas en tu teléfono, y sientes que quizás no duren, pero eso todavía no te importa. Aún no. No miras al futuro, porque no lo tienes, y el pasado ya no te pertenece. Sólo tienes un presente. Y en ese presente están algunas personas que antes no estaban. Que se van haciendo un hueco en tu vida.

La gente va y viene, como las olas que se estrellan a la playa. Algunos se acercan y se van, arrastrando parte de ti, pero marchándose, inevitablemente, para siempre. Otros te lamen suavemente los pies, y se pegan a tu piel, dejando en ti su sabor salado que inevitablemente ha venido para quedarse.

Y eso, de momento, es suficiente.

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