sábado, 11 de marzo de 2006

Las 8 y media de la tarde. El viento sopla endiabladamente. Odio el viento, me da dolor de cabeza, me altera el humor y me hunde el ánimo. Me he dado un baño caliente, en el que me he quedado incluso dormida, pero malditas las ganas que tengo de vestirme, coger el coche y plantarme en Madrid. Pero lo hago. Tengo que hacerlo. Cita ineludible: celebración de cumpleaños con las amigas de la universidad. Las mismas a las que invité por primera vez a mi casa hace ahora 20 años, a celebrar mi 19 cumpleaños. Entonces fueron Coca-Colas, Fantas, gusanitos y sándwiches hechos por mi madre. Hoy será comida oriental en el Wok de la calle Virgen de los Peligros.

En el coche, la radio me acompaña. Y las madres de las chicas asesinadas en Ciudad Juarez, contando sus tragedias, me trastornan el espíritu. Y olvido el viento, que hace que el coche se me quiera ir de las manos, y olvido que no tengo ganas de ir a Madrid, sino de quedarme con él, en casita, en pijama. Y lo olvido todo. Porque el dolor asumido y resignado de esas mujeres, pobres e incultas, pero con un español lleno de sonoridad y dulzura, incapaces de comprender el por qué de tanta injusticia, me demuestra que todo es relativo, y que los verdaderos dramas suceden en un pestañeo, y lo que ahora te preocupa se convierte en una burla del destino cuando la vida, de verdad, te muestra su cara agria y sangrante.

Y llego al cumpleaños con el ánimo raro. Aunque disfruto de la noche, porque no estoy con él en casa, pero estoy con ellas, y he logrado llegar hasta aquí sin romper el hilo que me une a mis amigas de la facultad, aunque sólo nos veamos tres veces al año, para nuestros cumpleaños. Y veo que sí, que tengo una vida que me gusta, y no tengo miedo de no volver a casa cuando voy a trabajar, porque me maten, y tengo un trabajo que me agota, y me desespera demasiado a menudo, pero que es mío. Y vuelvo a casa tarde, viva y contenta, con la casa oscura y silenciosa. El ya duerme, así que me desvisto en el salón, donde antes de irme, previsora, dejé el pijama. De puntillas, me meto en la cama. Su presencia y su calor me vuelven a demostrar algo tan quimérico como verdadero: que ahí, a su lado, nada malo puede pasarme…

Y lo último que pienso, antes de caer rendida, es en cómo han sido estas últimas semanas: días largos y grises, tristones y agobiantes. Y me doy cuenta, con mi último parpadeo antes de quedarme dormida, de que nada es en realidad tan complicado, pero que, muy a mi pesar, tengo una incontrolable tendencia a que los árboles me impidan ver el bosque.

Demasiado a menudo.

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