miércoles, 29 de marzo de 2006

Los días son más largos, más limpios, con una luz arrebatadora que te hace guiñar los ojos cuando conduces camino al trabajo, un sol naciente cegador que se levanta al mismo tiempo que tú te desperezas y empiezas tu rutina, pero que se queda fuera cuando tu entras. Y es que a ti toda esta explosión de vida renovada te pilla a cubierto, y sólo te queda la opción de mirar por la ventana, como un preso melancólico que se consume sin remedio mientras tacha los días que faltan para un vis a vis en el calendario. De buena gana te irías a dar un garbeo por los barbechos llenos de pamplinas y amapolas, o te comerías un bocadillo tumbada en la hierba sin preocuparte si te quedas dormida después, porque toda la tarde es para ti y ahora el sol no pica, sólo acaricia levemente, pero estás atado a la pata de la mesa hasta las 7, y no es posible. Y para entonces, cuando vuelves a casa, el sol aún brilla, pero allí también te llaman las obligaciones, y es difícil no escucharlas, tu yo responsable es fuerte, más que tu yo vaguete y dejado, y el sol vuelve a quedarse fuera, y tú dentro.

A través del cristal, veo la primavera extenderse, como una alfombra verde y cálida, una invitación galante a una fiesta que muy a mi pesar tengo que rechazar. Y no me consuela pensar que vendrán otras primaveras. O que quizás en futuros años, la orgía de color y el brillo del sol sean aún más espectaculares, y la de este año quede como un pálido y desvaído recuerdo poco digno de ser recordado. Es posible. Pero no serán ésta. Ni yo tampoco seré la misma.

Aunque seguramente, el resto de las primaveras, bonitas o feas, también me pillarán así.

Mirándolas desde mi ventana.

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