miércoles, 1 de marzo de 2006

Me he dado cuenta de lo mucho que echo en falta mirar por la ventana, mientras el autobús o el tren de cercanías me llevan al trabajo y me traen a casa. Y no porque ahora no valore esos quince minutos de reloj entre el sofá de mi salón y mi silla en la oficina, o porque no disfrute una barbaridad conduciendo por una carretera sin atascos. No es porque ahora mi conciencia cívica me remuerda por contaminar más viajando sola en un coche en el que podrían ir otras tres personas. O porque eche de menos poner la antena y alucinar ante conversaciones ajenas. Lo que de verdad me falta ahora, y lo añoro de veras, es esa tendencia mía a quedarme embobada mirando el paisaje, en algo parecido a un trance de ensoñación y reflexión, un territorio pantanoso en el que me gustaba sumergirme tanto desde la lejana época de la ruta del autocar camino del colegio. Echo de menos esos ratos a bordo de un tren en los que veía amanecer, y luego ponerse el sol, momentos de letargo por la mañana temprano y de desconexión por la tarde, instantes robados al cansancio y a la pereza para pensar, para divagar, para dormitar, pequeños paréntesis en los que esconderme durante un ratito, a salvo de la vorágine del día, que ahora no tengo, y que necesito tanto…

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