jueves, 16 de marzo de 2006

Volviendo a casa, miro los almendros en flor y no puedo evitar pensar en que la vida es un poco eso: un día eres una rama seca y aparentemente muerta, y a la semana estallas en un festival de color y aroma, arrebatador e impresionante. O al revés. De la noche a la mañana, las flores dan paso a las hojas y a una le queda la sensación de que la explosión de flores blancas no fue más que una ilusión óptica.

Miro la vida, mi vida, y me queda un regusto indeterminado: la felicidad tiene un aroma dulce y rotundo, cálido y fresco, con notas de acidez y una salida fina y afilada, algo seca, con un punto amargo.

Como las almendras. Incluso las más dulces no pueden borrar el sabor de las amargas que te comiste en el pasado.

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