viernes, 7 de abril de 2006

Ayer, en plena fiesta bloguera del 20 Minutos, mi pasado más lejano, aquel en el que aún era una jovencita de sólo 22 años, llena de ímpetu e ilusión, vino a visitarme. Como ese fantasma de las navidades pasadas. Sólo que yo no esperaba que el espectro, en forma de presentador de sarao bloguero y con algunas canas más, aún recordase mi existencia. Pero lo hizo. Me equivoqué cuando pensé que la gente olvida fácilmente. Aún me recordaba…

Pasé los veranos de mis tres últimos años de carrera en la Cadena Ser, comiendo helados del Palazzo de al lado en la terraza de la emisora, y cubriendo las vacaciones de los redactores por la cuarta parte de su sueldo y, además, dando las gracias por dejarme explotar. Guardo estupendos recuerdos de aquellos meses, todos ellos ligados a compañeros que, aún hoy, de vez en cuando se asoman a la tele, o siguen hablando por la radio, y no puedo evitar alegrarme por haber vivido aquello, a pesar de todo. Dicen que el paso del tiempo suaviza lo negativo y realza lo positivo del pasado. No lo creo. Lo peor de aquella época sigue vivo, tanto como entonces, porque cambió por completo mi vida. El bofetón que me bajó de golpe del mullido colchón de ilusión por convertirme en periodista aún me duele, aunque los dedos en mi cara ya no me molesten ni se vean, pero están ahí. Yo los siento. Cada vez que abro un periódico. Cuando escucho la radio. En el momento en que alguien habla de una nueva cadena de televisión. Siempre. Ayer mismo.

Trabajé con Goyo González durante varios de aquellos meses de estío, y fue un tiempo intenso y lánguido a la vez. El verano es un tiempo muerto informativamente hablando, donde la vida va al ralentí y la imaginación suele sustituir a la actualidad. Aprendí mucho en esos meses. Sentí que lo que yo hacía también era importante. Me sentí querida. Me reí mucho, muchísimo. Si hubiese trabajado con él todo el tiempo en el que estuve allí, ahora sería una periodista, en lugar de una simple licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, trabajando como administrativa en una oficina. No sé si sería tan feliz como soy ahora, pero sería periodista. Seguramente no sería una estrella mediática, pero mi mundo sería el de los medios de comunicación. Sin embargo, alguien se encargó de decirme que yo no valía para ello. Y fue más convincente que el bueno de Goyo, porque yo le creí. Y seguí mi camino. Otro camino. El mío. Este. Y no me arrepiento. Pero algunos días, como ayer, me doy cuenta de que la vida a veces se decide a espaldas de ti, por pequeños giros del destino, como el hecho de que una persona se atraviese en tu camino o tu te le atravieses a él. Y eso es algo que me parece tan injusto como terrorífico.

"Pero tienes tu blog. ¿Tres años? Pero si fuiste una de las primeras… Y ahí seguro que te vuelcas. Es genial".

No creo que este blog tenga ni pizca de nervio periodístico, pero bueno... En algo sí que tiene razón: me gusta tenerlo. Y sí, eso es estupendo.

Pero lo otro, a pesar del tiempo transcurrido, cuando el tiempo cambia, cuando leo un buen reportaje que no me hubiese importado hacer, o cuando voy a una entrega de premios y el pasado se me planta delante, lo otro aún escuece…

 

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