miércoles, 19 de abril de 2006

Hubo un tiempo en el que nacías en un lugar y morías en él, quizás incluso en la misma cama en la que tu madre te hizo ver la luz, hasta con el mismo colchón de lana, movido y removido unas cuantas veces, cada primavera…

En aquellos años, la vida pasaba sobre ti, en lugar de pasar tú por la vida. La gente con la que te cruzabas durante toda tu vida era la misma, y aunque sabías la respuesta, cuando la preguntabas cómo estaba, te respondía con un lacónico “Tirandillo…”

Aún me cruzo con personas que van tirando de sus vidas, como si no pudiera ser de otra manera. Me gusta pensar que cada vez quedan menos. ¿Será mi vena optimista? Quizás, aunque a veces creo que se trata más de ese punto ingenuo que nunca me abandona, por muchas cosas que pasen. Aunque a veces quede un poco oculto por mi parte pesimista. Que haberla, hayla…

Me gusta leer, porque me permite vivir vidas que no son la mía. Posibilidades que están ahí, pero que yo no he elegido sencillamente porque no están en mi abanico de opciones. Pero existen. Y me gusta poder saber que existen. Aunque no seamos más que las opciones que descartamos... Me gusta observar, tanto por el descubrimiento de universos desconocidos como por lo contrario: ese reconocerse en lo más inesperado, cuando menos lo pensabas. Y sí, me gusta escuchar, es algo natural en mí, y quizás haya terminado con el paso del tiempo convirtiéndose en una especie de blindaje… ¿Quién no tiene su lado frágil?

Son éstos tiempos en los que universos remotos pueden estar al alcance de cualquiera que sepa y quiera parase a mirar a su alrededor. A mi me gusta mirar. Y escuchar. Y aprender. Y descubrir.

Quizás todo se reduzca a que me pierde la curiosidad…

Y a que tengo un ordenador y una línea de teléfono...

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