sábado, 6 de mayo de 2006

En los últimos tiempos, como es evidente, escribo poco. Y mal.

Y pienso mucho. Demasiado.


Hay momentos en que me gustaría tener un interruptor, “On/Off”, para dejar de pensar. Quizás también me haría falta otro para poder dejar de sentir. Chas. Silencio en la cabeza. Chas. Calma en el corazón.

Pero es algo que no viene de serie. Ni el parar los pensamientos ni el frenar lo que se siente. Dicen que son dos opciones que se terminan por aprender, con el tiempo, con la experiencia, con los golpes y las caricias de la vida. Es posible. Yo, por más que lo intento, no lo consigo. Casi me atrevería a afirmar que, desde que me conozco, me he vuelto cada vez más obsesiva en mis pensamientos encadenados e imparables. Y también más incapaz de racionalizar y guiarme por mi cabeza en lugar de por algunos de mis peores y más desmadrados impulsos.
Vivo en una zozobra constante, incapaz de controlar racionalmente mi lado más vehemente y pasional. Y al mismo tiempo, me siento inútil para, en ocasiones, dejar de lado mi cabeza y dejarme guiar por lo que de veras deseo…

Quien me entienda, que me lo explique.

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