lunes, 29 de mayo de 2006

No. No he visto “El Código Da Vinci”. Ni la película de Almodóvar. Ni a Penélope Cruz (ya la vi el año pasado en el aeropuerto, coincidimos en el avión de vuelta…). Ni tampoco he visto “Babel”, de Alejandro González Iñarritu. Ni la de Ken Loach. Nada. El Festival de Cannes es muchos festivales, y el que yo veo cada año no es el que sale en la tele. Yo voy a Cannes a ver películas que jamás llegarán a estrenarse en España, y, la verdad, pasar cuatro horas esperando a que las estrellas desfilen por la alfombra roja me da bastante pereza. La Selección Oficial, o sea, las películas en competición para la Palma de Oro, son terreno vedado, exclusivo casi al 100% de los periodistas, y conseguir una entrada es algo cada año más complicado. Así que ya veré las películas premiadas después de unos meses en Madrid, aunque aquí me toque pagar por verlas y no pueda subir por la famosa alfombra roja, aunque sea en zapatillas de deporte (aunque ya lo he hecho unas cuantas veces, y qué demonios, también tiene su glamour…)

Porque mi festival no es un festival de vestidos de fiesta ni zapatos de tacones imposibles: sería un suplicio soportar una de mis jornadas habituales allí vestida para matar, por mucho que el marco invite a ello, pero no puede ser: mi uniforme festivalero es siempre cómodo para poder aguantar las esperas en las colas y todo un día fuera de casa: pantalón, camiseta, zapatillas cómodas y mochila, para guardar el bocadillo de mediodía, la botella de agua y las mil y una revistas que cada día se editan con críticas y noticias del festival.

Mi festival es un festival madrugador, con la primera sesión a las 8.30 de la mañana, la misma hora a la que entro a trabajar, por cierto, o sea, que me he pasado todas mis vacaciones madrugando más que si trabajara, aunque, ¿para qué negarlo?, sarna con gusto no pica... A veces salgo de la sala Debussy o de Miramar, y directamente vuelvo a ponerme a la cola para ver la película que empieza a las 11.00. Otras el paréntesis se abre hasta las 14.00, y da tiempo a dar una vuelta, mirar unos escaparates de tiendas inalcanzables, pero curiosas, aunque solo sea por saber que existen. A las 16.30 o a las 17.00, y corriendo un poco, se puede llegar al Noga Hilton a ver otra más. Y si el cuerpo resiste y una ha conseguido invitaciones, ir a la de las 19.30 o las 20.00 h. Excepcionalmente, porque una no es de piedra y con 4 películas en el cuerpo la quinta ya es difícil de asimilar en un solo día, se puede llegar a ir a la sesión de las 22.00, sesión ésta interesante, pues suelen acudir a la proyección los equipos de la película, siempre contentos de estar allí y por tanto accesibles y simpáticos. Y, como quien no quiere la cosa y a pesar de ser una poco mitómana y muy vergonzosa, venirse para España con algún autógrafo en el bolsillo. Este año, dos: de Tristán Ulloa y de Leonardo Sbaraglia.

Mi festival es el festival de La Semaine de la Critique, Un Certain Regard y la Quinzaine des Realisateurs. Un festival menos conocido, pero mucho más auténtico y único.
Una semana y 26 películas. Las mejores: “Two thirty 7”, una australiana sobre las últimas horas de un grupo de adolescentes antes de que uno de ellos se suicide, “Congorama”, una belga sobre la búsqueda de sus padres biológicos de un inventor y los juegos caprichosos del destino, y “Jindabyne”, otra sorpresa venida de las antípodas, el relato inquietante del encuentro de un cadáver en un fin de semana de pesca y sus consecuencias.

The End. Hasta el año que viene.

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