martes, 16 de mayo de 2006

Siempre me he preguntado por qué, en tus años tiernos, los mayores insisten tanto en la importancia de no mentir. Es precisamente ése uno de los pecados que, cuando vas a hacer la comunión y durante un tiempo te paseas por iglesias, catequesis y confesionarios, aparece en primer lugar entre las maldades y debilidades de los mocosos de 9 años. Sin embargo, en un momento dado, pocos años más tarde, lo que se valora es el poder del disimulo, puesto al servicio de lograr unos fines a los que, claramente, no se llega por el camino de la sinceridad, ni enarbolando la bandera de la verdad. Te entrenan para que seas clara, transparente, incluso te inoculan que no serlo es pecado; pero esa transparencia, ese soplo de sinceridad que hiela al que lo recibe, es un arma que se vuelve contra el sincero: te hace vulnerable, se te ve venir, y, lógicamente, te impide atacar.
Cuando el tiempo te ha curado del sentimiento de culpa, ya es demasiado tarde: el mentiroso no nace, se hace. Se entrena con método, con la experiencia. Se curte con cada pequeño engaño, con cada media verdad, con cada disimulo, con cada frase falsa.
Y el sincero, tan frágil y transparente como el cristal, termina perdido para la causa de la hipocresía. O lo que es lo mismo: para la causa de la vida. Y se conforma con mantener el tipo en el duro oficio de sobrevivir en un mundo en el que casi nada es lo que parece.
Salvo la gente como él.

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